Baobabs Magazine. Sabores que abrazan. ¿A qué sabe el duelo? A veces a peras, cayena y memoria.

by - febrero 17, 2026



Son las 7:00 AM, la casa tiene ese silencio particular de los espacios que se habitan de a uno. No hay pasos ajenos, solo el roce de mis pies descalzos contra la ceramica fría y el maullido impaciente de mi gato, que no entiende de existencialismos, solo de hambre. Le sirvo su comida y me quedo un segundo mirando cómo la luz entra sesgada por la ventana, iluminando el polvo que flota como partículas de oro viejo.

No me visto para impresionar. Me pongo la ropa de correr, esa que ya tiene la forma de mis rodillas, y salgo.

No corro porque huya de nadie, ni por esa obsesión 2.0 de "La mejor versión de mí misma". Corro de camino al súper, porque necesito sentir que el corazón late rapidito, aun estoy viva. Necesito ese je ne sais quoi en el pecho que me confirma, llena de adrenalina, que sigo aquí. Que sigo siendo un cuerpo caliente en un mundo que a veces se siente de hielo. Somos un parpadeo, un suspiro atrapado entre dos nadas, y mientras mis zapatillas golpean el asfalto, repito tu nombre hacia adentro.

Compro las peras. Tienen que ser firmes, de esas que se resisten un poco al tacto. Compro la ricota, las nueces, el anís estrellado. Vuelvo a casa con la bolsa pesando en el hombro, esa carga dulce de quien sabe que va a cocinar para el alma.

Al entrar, Caracas me recibe de golpe. Mis padres siempre tuvieron esa fascinación casi arquitectónica por las vistas amplias, y desde este ventanal, la ciudad es una panorámica de 360 grados que respira. El Ávila está ahí, impasible, verde oscuro, tragándose las nubes. Me quedo quieta, sudada, mirando la montaña. En esta soledad no hay eco, solo verdad.

Ducha fría. El agua helada cayendo sobre la nuca, cerrando los poros, despertando los nervios. Me cambio, me pongo algo suave y busco esos audífonos vintage enormes que dejé cargando toda la noche. Me aíslo. Le doy play a la banda sonora de The Whale. Los violines melancólicos empiezan a llenar el espacio entre mis orejas y el resto del mundo.


Es hora.

Hubo un tiempo en que este plato era solo peras, un poco de vino y queso. Era para "salir del paso". Pero tú me enseñaste que nada que entre a la boca debe ser a la ligera. Tú, que ya no ocupas espacio físico pero que abarcas todo mi espacio mental, me hiciste creer que yo podía ser todo eso que soñaba cuando cerraba los ojos muy fuerte. Fuiste quien elevó mi alma. Por eso, este plato tuvo que crecer. Tuvo que dejar de ser simple para volverse complejo. Tuvo que encontrar su umami.


El Ritual
  • El horno ya ruge a 200 °C (400 °F). El calor empieza a oler a promesa.
  • Corto las peras. El cuchillo atraviesa la pulpa y las coloco con el corte hacia arriba, vulnerables, en la bandeja. Las unto con mantequilla —o aceite, si el día pide ligereza— y las abandono al fuego.
  • Veinte minutos. Mientras la piel de la fruta se dora y la carne cede, busco las galletas María. En mi país son religión. Son redondas, finas, crujientes. Las tomo y las trituro con las manos. No uso procesador; necesito sentir cómo se quiebran bajo mis dedos, convirtiéndose en tierra dulce. Esta será la cama.
  • En un tazón, mezclo la ricota con miel y nueces, buscando esa textura rústica. Pero hoy, en tu honor, saco el helado artesanal de Ponche Crema que hice días atrás. Ese sabor a huevo, licor y fiesta decembrina venezolana.
  • Y aquí viene la alquimia: en una ollita, caliento miel o un sirope de azúcar morena con anís estrellado y un toque atrevido de pimienta de cayena. El picante no es para agredir, es para despertar. Es el recordatorio de que el amor, el de verdad, siempre pica un poco.


Saco las peras. Humbean.



Monto el plato: la tierra de galletas María abajo, la pera asada encima, la bola de helado de Ponche Crema coronando el calor y, finalmente, dejo caer el hilo de miel picante con anís.

Me voy a la sala con el plato en la mano. No me siento a la mesa. Me hundo en el sofá y enciendo la pantalla.

Ahí está Sydney Sweeney. Quizás es La Asistenta o La Empleada —esa historia que sale de la tinta de Freida McFadden—, donde la inocencia es solo un velo para la supervivencia. Es una tragicomedia, sí. Quizás un cliché para la mirada masculina que solo ve la superficie, pero nosotras, que leemos entre líneas, sabemos que es tan real que asusta. Es la historia de las mujeres que idealizaron al principe azul. pero tambien de quienes limpian, que observan, que callan y que, eventualmente, explotan.


Miro la película, pero en realidad estoy saboreando el contraste.
El frío del helado contra el calor de la pera.
Lo dulce del ponche contra el ardor sutil de la cayena.
La suavidad de la fruta contra el crujido de la nuez y la galleta.
Cierro los ojos. El umami me inunda la boca, esa sensación de "lo sabroso" que va más allá del gusto y se clava en la memoria.

No estás aquí para probarlo. Y al mismo tiempo, nunca has estado más presente que en este bocado que me inventé para decirte, sin palabras, que sigo aquí. Que sigo soñando. Y que la vida, a pesar de la ausencia, sigue teniendo un sabor extraordinario.

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