BAOBABS Magazine.Diarios. Un refugio para dejar de fingir
Es la 1:45 de la mañana y la pantalla del móvil es lo único que me sostiene la mirada.
Los ojos me duelen; siento un hormigueo que recorre uno de mis brazos, un peso sordo en el pecho que me empuja a bajar la santa maría de los párpados, pero es que me niego...
Hay algo hipnótico en esta luz blanca que me obliga a habitar el limbo mientras el mundo duerme una paz que a mí me esquiva.
Vengo de escrolear en ese escaparate infinito donde a veces creo que ya no existen los poros. En este 2026 ya no necesitamos filtros digitales porque nos hemos convertido en el filtro.
Veo labios tatuados en un rubor eterno para ocultar la palidez del cansancio, pómulos que sostienen sonrisas muertas antes de llegar a la mirada, rostros esculpidos a golpe de aguja para encajar en un molde que nos asfixia.
Algunas parecen diosas icónicas, ejemplos de superación a seguir con carros del año y apartamentos de ensueño, pero nadie postea la factura emocional de esos brunch interminables o de esas cenas donde tu compañía entre risas, murmullos y al final tu cuerpo es el precio de iconic lifestyle.
Detrás de las copas de champán en el local del.momento hay niñas aún en cuerpos de mujeres aguantando la respiración, vendiendo pedazos de su alma para alcanzar, y mantener un estatus que, al final del día, se siente tan vacío como mi habitación a oscuras. Una tormenta interna donde te ahogas, quizas das señales de ayuda, pero nadie te salva, porque nadie imagina que tu fascinante realidad en apariencias es una jaula.
El teléfono vibra. El sonido seco de la notificación me devuelve a la trinchera de los chats, donde las máscaras se caen.
Escucho un audio, leo los textos de una amiga, una madre. Su voz es un milagro de calidez. Me habla de cómo se reinventa en la cocina con lo que tiene: berenjenas, calabacines, auyamas... platos que nacen de su resistencia.
Tiene cáncer, su cuerpo es frágil y libra una batalla química diaria, pero sigue siendo un pilar de luz, una fortaleza que me recuerda que el amor genuino es el único combustible real.
Al escucharla, me invade el recuerdo de aquel postre que preparé una vez: peras al vino con queso de cabra, miel con anis estrellado y pimienta de cayena en una cama de galletas con helado artesanal italiano hecho en casa por horas. Fue un ritual para conmemorar a alguien que elevó mi alma y me hizo creer que podía ser todo lo que soñara. Lo entregué con el corazón abierto a una invitada de mi madre en casa, casi como familia, lo despreció como basura.
Ahí entendí la gran verdad: el arte no está hecho para todos. Tus palabras, tus pinturas, lo que bailas, la forma en que transmites cada emocion con tu cuerpo o tus fotografías... no todos tienen la frecuencia para entenderlo. Y está bien. Somos seres únicos, irrepetibles, nacimos para brillar con luz propia, no una dada por las masas.
A veces pasamos la vida esperando una señal astronómica, un milagro sobrenatural, sin ver que el "ángel" ha estado siempre frente a nosotros. Dios no es un invento infantil; es esa energía que se manifiesta en los detalles que ignoramos por buscar tanto... la perfección en otras partes sin detenernos a contemplar y disfrutar más la belleza en lo imperfecto.
Sigo bajando en los chats y el giro me golpea el pecho: todas son artistas. Todas, sin excepción, son creadoras que se desangran en silencio.
Me adentro en lectura de una chica audaz de veinte años que huye de su realidad a las montañas en donde siente que vivió alguna vez en la ensoñación que algunos llaman otras vidas. Es una artista que hace poco se descubrió así misma como artista buscando su porque, su razón de ser. Ella busca en el paisaje la familia que no tiene, pero se ahoga en el gimnasio y otras actividades para no responder quién es.
Su corazón tiene parches que no sanan, y aunque sería capaz de reflejar la belleza del mundo, se mira al espejo y se siente incompleta, rota por una depresión que le susurra que su pasión, su talento sin dinero exprés, no es suficiente para salvarla.
Encuentro a la fugitiva del búnker, la que escribe relatos entre pausas de su vida intensa, mientras usa la misma bata por días. Es una actriz que ha olvidado cómo dejar de actuar su propia vida. Busca condiciones perfectas que no existen, mientras el tiempo se le diluye como agua entre las manos, aterrorizada de que si sale de su jaula, el mundo descubrirá que debajo de su piel no hay más que miedos acumulados.
Y luego está la que sueña con el pole dance. Ella es arte en movimiento, pura potencia visual, pero vive clandestina. Se toma fotos que borra al instante porque odia la curva de su cadera o la marca de una cicatriz.
Se siente basura porque el mundo le enseña a muchas que si no muestras nada eres una mojigata, pero si muestras algo eres una loca pecadora, sin vergüenza y no un lienzo de libertad.
Es una artista visual de su propio cuerpo que vive anulada, prefiriendo ser una autómata "normal" antes que enfrentarse al juicio de quienes no entienden lo sublime.
Somos esto. Un ejército de artistas acomplejadas, de mujeres heridas con el alma llena de remiendos caseros.
Nos estamos posponiendo a nosotras mismas por el síndrome del impostor, por ese autosabotaje sutil que nos hace creer que lo que amamos es inútil si no produce dinero instantáneo. Nos vemos a través de los ojos de una sociedad voraz y terminamos por despreciar nuestro propio brillo, y menos querer volar a tu propia independencia.
Estamos aquí en BAOBABS Magazine, buscando un refugio para dejar de fingir. Para decir que estamos cansadas de la pose, de los filtros y de la supervivencia.
Queremos ser reales, con nuestros defectos y nuestras sombras, porque solo ahí, en lo más crudo del alma, es donde el arte se vuelve inmortal.
El móvil se me resbala de las manos. Pesa demasiado. La luz azul se apaga y por un segundo, en la oscuridad, el silencio es lo único real que me acompaña hasta otro encuentro..


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